domingo, 28 de marzo de 2010

Imelda, mi amor.

Imelda, amor.
Estos días he estado ausente de tí y de la familia.
Este hospital parece cada vez más obscuro.
La bala en mi pierna parece no querer salir
y al parecer, la sangre no se quiere quedar.

Volteo al techo y te empiezo a imaginar
y a nuestros hijos alrededor de tí
queriendo saber otra de las historias
de cuando nos conocimos y de cuando
nos enamoramos.

Pero ni todo el amor, ni el brillo en tus ojos
podrían sacarme de aquí, se necesita más tiempo.
Pero todo tu apoyo y el sonido de tu voz
pueden mantenerme vivo, pueden revivirme.

Volteo a mi antebrazo izquierdo, y veo tu nombre.
Tatuado ese mismo día que te conocí y ese mismo
día en el que volví a creer.
Creer en que había algo más para qué vivir.
Porque así es como me siento cuando te veo,
siento que vivo, que por fin, vuelvo a vivir.

Y mírame aquí, en la cama, aburrido.
Las horas pasan lentas, mis pensamientos pasan rápidos
y mis sentimientos al borde de estallar.

Sé que nunca lo hice bien como un esposo, ni como un papá
pero sabes que eres lo más importante para mí.
Cuándo vas a volver?
Cuándo me vas a perdonar?
Para comer tuve que robar.
Y al parecer, esta bala jamás me podrán sacar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario